Despertar no es darse cuenta de que el mundo está mal.
Despertar es recordar que podemos hacerlo mejor.
No despertamos para juzgar lo que fue, sino para habitar con conciencia lo que está naciendo.
Despertar es reconocer que el egoísmo forma parte de nuestro punto de partida, pero no de nuestro destino.
Que dentro de cada persona existe la capacidad de dar un paso más:
un gesto de interés genuino,
un acto de respeto,
una escucha empática,
una comprensión más amplia,
una confianza que se construye,
un altruismo que fortalece,
un amor que libera.
Despertar es entender que el cambio no comienza en grandes discursos, sino en cómo nos acercamos al otro, en la calidad de nuestra presencia, en la forma en que pensamos, sentimos y actuamos cada día.
Cuando despertamos, las relaciones dejan de ser campos de batalla y se transforman en espacios de aprendizaje.
Las comunidades dejan de sostenerse por la fuerza y comienzan a florecer por la confianza.
La vida deja de ser solo supervivencia y recupera sentido, profundidad y dirección.
Despertar no exige perfección.
Exige práctica.
Un paso a la vez.
Un encuentro a la vez.
Una decisión consciente tras otra.
Y lo bueno que nos espera al despertar no es un mundo ideal, sino un mundo más humano: donde el Yo se fortalece sin aislarse, donde la libertad camina junto a la responsabilidad, donde el amor no es ingenuo, sino una fuerza construida con conciencia.
Despertar es convertirnos, poco a poco, en portadores de una nueva cultura.
No porque sepamos más, sino porque vivimos de otra manera.
Y ese despertar, cuando es verdadero, siempre se contagia.
