Desde mediados del siglo XX, vivimos en lo que se conoce como la "era de la individualización" (Ulrich Beck, Risk Society, 1986). Esto significa que las personas pierden cada vez más su conexión familiar con la tradición, su arraigo social en un entorno existente y las normas culturales que antes daban por sentadas y que les proporcionaban seguridad. Cada vez más, deben encontrar su propio camino y asumir la responsabilidad de sus actos.
En la práctica, esto significa, por ejemplo, que su influencia en el conjunto crece constantemente, incluso en cosas tan sencillas como comprar ropa o alimentos, y con ella, su responsabilidad por sus decisiones (que se extiende a las condiciones sociales del lejano Sudeste Asiático o a la vegetación de Sudamérica).
Así, las personas se enfrentan a una complejidad de circunstancias y se encuentran en una maraña de expertos, sellos de calidad, publicidad y consejos bienintencionados. Si quieren tomar una buena decisión, deben mirar al otro lado del mundo, comprender las conexiones y también saber qué es importante para ellas y a quién pedir consejo para, en última instancia, actuar con responsabilidad. Ya no hay autoridades que puedan tomar esas decisiones por él. – Lo mismo ocurre con la alimentación saludable y muchas otras cosas.
Esto es especialmente cierto en la vida profesional.
La acción responsable se enfrenta a desafíos crecientes, como la globalización: la responsabilidad individual no se limita a su propio horizonte. Abarca no solo a la empresa en su conjunto, sino también a la economía global, que ahora influye en las decisiones empresariales casi a diario, y, desde hace varias décadas, cada vez más al medio ambiente natural («sostenibilidad») y a las condiciones sociales globales (condiciones laborales en los países en desarrollo).
Constantemente surgen nuevas interconexiones entre todos estos elementos, por lo que la responsabilidad dentro y para una empresa requiere no solo una expansión casi ilimitada de la perspectiva, sino también la capacidad y la disposición para afrontar una complejidad creciente.
Hoy en día, cada uno debe encontrar su propio rumbo. Esto es lo que se entiende aquí por "independencia", que no debe confundirse con alguien que completa una tarea asignada sin ayuda externa.
¿Qué se puede hacer para que las personas orienten su vida y su acción desde el futuro, en lugar de desde un pasado pseudovinculante?
Esto implica aumentar su capacidad de autoorientación y, en última instancia, de autoliderazgo. Desarrollar estas habilidades requiere esfuerzo individual, así como formas adecuadas de colaboración: una colaboración que respete la dignidad humana de cada individuo, en lugar de socavarla mediante métodos de control autoritarios o manipuladores.
